No recuerdo desde cuándo empecé a leer, sé que fue cuando estaba en la primaria y era una niña solitaria, gordita y de lentes que pasaba las tardes leyendo las aventuras de Trixie Belden (o sea, no era la típica niña deportista que juega con los vecinos… para nada). El caso es que no me imagino sin esta adicción. No imagino qué opiniones tendría, qué haría en mis momentos de tristeza, aburrimiento, vacío. Muchos de mis conceptos, de mi propia forma de entender el mundo, han sido forjados en horas de soledad y diálogo con muchos autores con quienes ahora tengo una gran deuda espiritual. Dirán ustedes, como mucha gente me ha dicho, que esta es una adicción ‘buena’. Tal vez, si la comparamos con otras que son mucho peores.
Creo que con esto de las adicciones, como bien decía alguien en un comentario del post pasado, llega un punto en el que no hay retorno. Recuerdo la película de La Pequeña Costurera (espero que alguien la haya visto): la pequeña costurera era una campesina de China que tenía una vida ordinaria y feliz hasta que dos jóvenes llegan con muchos libros prohibidos por la revolución cultural, le enseñan a leer, le prestan libros y transforman su mundo. Llega un momento en el que ella ya no es la campesina que vimos al principio, ahora tiene muchas dudas, muchas inquietudes, muchas inconformidades. Así que decide dejar su aldea. Cuando va rumbo a la ciudad, su abuelo la alcanza, habla con ella y le dice que la culpa la tienen esos muchachos que han venido a llenarle la cabeza con tonterías. Ella con una mirada súper seria y triste le responde a su abuelo que no, que la culpa es de Balzac.
En mi caso, los libros tienen la culpa de que sea tan grinch, de que me cueste tanto encajar en los grupos, de que siempre esté inconforme o indignada con alguna situación, de que me la pase formulándome preguntas dignas de un golpe del oso bipolar aparecido hace unos posts. La culpa de que a veces crea que puedo volar, también.